Dicen que no hay mal que dure cien años. El Partenón duró más de veintiuno. Terremotos, incendios, ejércitos de medio mundo: nada pudo con él. De templo griego pasó a iglesia cristiana y después a mezquita otomana. Lo saquearon, lo despojaron, le borraron los colores originales. Pero seguía en pie. Sus huesos de mármol aguantaron todo. Hasta la noche del 26 de septiembre de 1687.
Para entender lo que pasó hay que alejarse un momento de Atenas. Venecia y el Imperio otomano se disputaban el Mediterráneo oriental: islas, puertos, rutas de comercio. Una guerra de gigantes. Un general veneciano llamado Francesco Morosini llegó con su flota a Grecia y puso sitio a la ciudad. La guarnición otomana, en clara desventaja numérica, se replegó al único lugar donde todavía podía resistir: la Acrópolis, la fortaleza en la colina que llevaba milenios protegiendo a quien la ocupara.
Entonces el comandante otomano tomó la decisión que lo cambiaría todo. Trasladó toda la pólvora — barriles y más barriles — al interior del Partenón. Su lógica tenía sentido: durante siglos, los ejércitos atacantes habían respetado el edificio porque había sido una iglesia cristiana. Apostó a que los venecianos, cristianos también, jamás se atreverían a bombardearlo. Era una apuesta razonable. Y fue un error fatal.
Un oficial sueco al servicio de Venecia, el conde von Königsmark, apuntó sus cañones directo a la colina. Durante tres días, desde el 23 de septiembre, las balas de cañón destrozaron muros y templos antiguos. Hasta que, alrededor de las siete de la tarde del 26, un proyectil de mortero trazó un arco sobre las fortificaciones, atravesó el techo del Partenón y cayó justo encima de la pólvora.
La explosión mató a trescientas personas en el acto: soldados, mujeres, niños que se habían refugiado dentro. El centro del edificio voló en pedazos. Ocho columnas del lado sur, seis del norte, la cámara interior entera — todo desapareció. Esculturas talladas en la época dorada de Atenas — estamos hablando del siglo V antes de Cristo, la era de Pericles — se hicieron añicos o salieron volando cientos de metros. Bloques de mármol de toneladas rodaron por la colina como dados lanzados por un gigante.
Y como si la tragedia no bastara, llegó la humillación. Morosini entró en las ruinas y decidió llevarse un trofeo: los enormes caballos de piedra que decoraban el frontón. Sus hombres ataron cuerdas para bajarlos. Las cuerdas se rompieron. Los caballos se estrellaron contra el suelo y se hicieron pedazos. Los venecianos mantuvieron Atenas menos de un año antes de abandonarla. Su gran premio: unas ruinas que ellos mismos crearon y que ni siquiera supieron saquear.
La próxima vez que veas una foto del Partenón — esa silueta famosa, la hilera de columnas, los huecos donde antes había techo — vas a estar mirando la cicatriz de una sola noche. Cada espacio vacío donde hubo una escultura, cada columna rota, cada tramo de muro que se corta en el aire: eso es el 26 de septiembre de 1687. La guerra destruyó en una tarde lo que veintiún siglos no pudieron.
