La noche del 21 de julio del año 356 antes de Cristo, mientras en Macedonia nacía Alejandro Magno — el futuro conquistador de medio mundo —, un joven llamado Heróstrato prendió fuego al Templo de Artemisa en Éfeso, en la costa de lo que hoy es Turquía. Ese templo era una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo: 127 columnas de mármol de dieciocho metros de altura. Lo consideraban el edificio más hermoso jamás construido.
Cuando lo capturaron y lo sometieron a tortura para que confesara, su respuesta dejó helado a todo el mundo antiguo. No tenía ningún motivo político. No estaba loco. No odiaba a los dioses ni a los efesios. Simplemente quería ser famoso. Había calculado, con una lógica escalofriante, que destruir algo magnífico era infinitamente más fácil que crear algo magnífico.
Las autoridades de Éfeso se horrorizaron — no solo por el crimen, sino por la lógica que lo sostenía. Dictaron una condena llamada damnatio memoriae: quedaba prohibido pronunciar el nombre de Heróstrato bajo pena de muerte. Su nombre debía borrarse de todos los registros y desaparecer para siempre.
Hay un dicho que dice: «Cría fama y échate a dormir.» Heróstrato se lo tomó al pie de la letra, pero al revés. Creó la peor fama imaginable y, en lugar de dejarlo dormir en el olvido, el mundo entero se empeñó en recordarlo. La infamia, resulta, también es una forma de inmortalidad.
El castigo fracasó de forma espectacular. El historiador griego Teopompo registró el nombre en sus escritos, y ahí sigue, intacto, más de 2.300 años después. Hoy, la expresión «fama herostática» se usa para describir a quienes cometen atrocidades con un solo objetivo: que el mundo sepa quiénes son.
Heróstrato consiguió exactamente lo que quería. Y lo más irónico: el intento desesperado de borrarlo de la historia solo hizo que su historia fuera más fascinante. Porque obligar al mundo a olvidar algo es, sin duda, la forma más segura de hacerlo inolvidable.
