Antes de que Roma fuera Roma — antes de que las siete colinas sostuvieran templos, palacios y el destino de medio mundo — hubo dos recién nacidos abandonados en las aguas desbordadas del Tíber. Su madre era princesa. Su padre, según la leyenda, un dios. Y la colina donde el río los depositó terminaría convertida en el corazón del imperio más poderoso que ha conocido la humanidad.
Todo empezó en Alba Longa, una ciudad más antigua que la propia Roma. La madre de los gemelos, Rea Silvia, era sobrina del rey Amulio, un usurpador que le había arrebatado el trono a su propio hermano. Para evitar herederos, obligó a Rea Silvia a ser virgen vestal: una sacerdotisa con voto de castidad de por vida. Pero ella apareció embarazada y juró que el padre era Marte, el dios de la guerra. Amulio no esperó explicaciones. Los bebés nacieron y los lanzó al Tíber.
Pero el Tíber no los mató. Crecido por las lluvias de primavera, los arrastró suavemente y los dejó al pie de la colina Palatina. Y aquí la historia se vuelve legendaria: una loba los encontró llorando y los amamantó en una cueva. Un pájaro carpintero, animal sagrado de Marte, les traía comida. Esa imagen — una loba alimentando a dos niños humanos — se convirtió en el símbolo más famoso de Roma, grabado en monedas y tallado en piedra durante más de dos mil años.
Un pastor llamado Fáustulo encontró a la loba con los gemelos y se los llevó a casa. Él y su mujer los criaron como propios. Rómulo y Remo crecieron duros, valientes y con un instinto natural para el liderazgo. El día que descubrieron la verdad — que eran príncipes, no pastores — volvieron a Alba Longa, derrocaron a su tío y devolvieron el trono a su abuelo. Después se propusieron algo más grande: fundar su propia ciudad.
Y aquí la historia se oscurece. Los dos querían fundar la ciudad, pero no se ponían de acuerdo en dónde. Rómulo eligió la colina Palatina, donde la loba les había salvado la vida. Remo prefería el Aventino, una colina vecina. Para zanjar la disputa, consultaron a los dioses: el que viera más buitres en el cielo ganaría. Remo vio seis. Rómulo, doce. Ambos se proclamaron vencedores. Y así, una pelea por un trozo de tierra se convirtió en algo sin vuelta atrás.
El historiador Livio, que escribió siete siglos después, lo cuenta así: Remo, burlándose de su hermano, saltó por encima de las murallas que Rómulo estaba trazando alrededor del Palatino. Era una provocación deliberada — esas murallas eran sagradas. Rómulo lo mató en el acto. «Así muera cualquiera que cruce mis muros.» A la tercera va la vencida, dice el refrán. Sobrevivieron al río. Sobrevivieron a las fieras. Pero no a su propia sangre. Roma nació ese día. Y nació con la sangre de un hermano.
El 21 de abril del 753 a.C. — según la tradición romana — Rómulo trazó los límites de su ciudad con un arado de bronce tirado por un toro y una vaca blancos, levantando la cuchilla donde iría cada puerta. Esa fecha se convirtió en el cumpleaños oficial de Roma, celebrado durante siglos. Y en 2007, unos arqueólogos excavando bajo el Palatino encontraron una cámara subterránea sellada con mosaicos y conchas: posiblemente la cueva donde la loba amamantó a los gemelos. Algunos mitos, al final, dejan huella.
