Dicen que no hay mal que cien años dure. Pero el dominio otomano sobre Buda —la antigua capital de Hungría, encaramada en lo alto de una colina sobre el Danubio— duró 145. En 1686, media Europa decidió que ya bastaba. Un ejército descomunal formado por tropas de Austria, Baviera, Brandeburgo y una docena de estados más se plantó a orillas del río con un solo objetivo: recuperar la ciudad. Lo que vino después fueron 78 días de fuego que convirtieron el Danubio en un espejo de llamas.
El asedio empezó a mediados de junio y el ruido no paró. Los cañones disparaban día y noche —sin tregua, sin descanso— hasta que los soldados dejaron de oír. Cuando los muros de Buda se agrietaban, los atacantes se lanzaban por las brechas, pero los otomanos conocían cada rincón, cada azotea, cada ángulo muerto. El castillo se alzaba sobre un acantilado de piedra caliza. Llegar hasta allí ya era casi imposible. Sobrevivir dentro era otra historia.
Para agosto, las enfermedades mataban más rápido que las balas otomanas. Las trincheras se habían convertido en fosas comunes al aire libre. Los cirujanos se quedaron sin vendas y empezaron a arrancar tela de los uniformes de los muertos. Carlos de Lorena, el general al mando, se enfrentó a una verdad brutal: si Buda no caía antes del invierno, su ejército se desmoronaría solo.
El 2 de septiembre, Carlos lo apostó todo a una última jugada. A media tarde, los soldados cargaban desde todas las direcciones, trepando por los escombros de lo que un día fueron murallas. La lucha fue calle por calle, puerta por puerta, sin cuartel de ningún bando. La ciudad baja cayó en horas. Pero el castillo —encaramado en su roca sobre la ciudad en llamas— se negaba a caer.
Hasta que los muros del castillo cedieron. Los soldados húngaros encabezaron el asalto final —aquella era su capital, y llevaban 145 años esperando este momento. El gobernador otomano, Abdurrahman Abdi Pachá, podía haberse rendido. Eligió morir con la espada en la mano, defendiendo la fortaleza que había jurado proteger. De los diez mil soldados otomanos que defendieron Buda, menos de quinientos salieron con vida.
Pero la palabra «victoria» le queda grande a lo que quedó. Más de veinte mil atacantes yacían muertos entre trincheras y escombros. La ciudad estaba destripada. La Biblioteca Corvina —una de las mayores colecciones de libros de Europa, reunida por el rey Matías dos siglos antes— era solo ceniza. No liberaron una ciudad. Liberaron un cementerio.
Y aun así, el 2 de septiembre de 1686 se convirtió en una de las fechas más celebradas de la historia de Hungría. Las campanas repicaron por todo el país cuando llegó la noticia. Después de casi siglo y medio bajo control otomano, Buda volvía a ser húngara. El precio fue todo lo que la ciudad había sido. Pero para un pueblo que aún recordaba lo que significaba ser libre, hasta las ruinas valían más que el palacio de otro.
