A principios del siglo IX, Carlomagno — el hombre más poderoso de toda Europa — plantó su ejército frente a las murallas de Carcasona. La ciudad estaba en manos de un señor sarraceno llamado Balaak, pero Balaak murió durante el asedio. El mando cayó en su esposa, una noble llamada Carcas, que quedó sola al frente de la defensa.
El asedio duró cinco años. Cinco años. La paciencia de Carlomagno era legendaria y sus tropas parecían infinitas. Pero las murallas de Carcasona eran gruesas y Carcas era más dura que las propias murallas. Los soldados de la guarnición fueron cayendo uno a uno: por hambre, por enfermedad, por flechas enemigas.
Al final, solo quedaba ella. Sola contra un imperio. Se movía de torre en torre, colocando soldados de paja vestidos con armadura, disparando ballestas ella misma. Desde abajo, el ejército de Carlomagno veía lo que ella quería que vieran: una fortaleza bien defendida.
Pero al acabar el quinto año, la comida se terminó. Carcas hizo recuento: quedaban un cerdo y un saco de grano. Cualquier otro comandante habría abierto las puertas. Carcas no era cualquier otro comandante.
Engordó al cerdo con todo el saco de grano y después lo lanzó por encima de las murallas. El animal se estrelló a los pies de los soldados de Carlomagno y reventó, derramando el grano por el suelo. Dicen que no hay quinto malo — pero para Carlomagno, el quinto año fue el peor de todos.
El efecto fue demoledor — para la moral de Carlomagno, no la de Carcas. Si la ciudad podía permitirse tirar un cerdo cebado, es que le sobraba comida para años. Después de cinco años de asedio inútil, el gran emperador ordenó la retirada.
Mientras el ejército se alejaba, Carcas mandó tocar las campanas de la iglesia. Un soldado de la retaguardia las oyó y corrió a informar al emperador: «¡Señor! ¡Carcas sonne!» — «¡Carcas toca!». Y así, cuenta la leyenda, la ciudad recibió su nombre: Carcasona.
La historia es casi seguro una leyenda — el nombre Carcasona es siglos más antiguo que Carlomagno —, pero dice algo verdadero sobre esta ciudad: una fortaleza que nunca cayó solo por la fuerza, y que debe su supervivencia tanto a la inteligencia como a sus muros de piedra.
