Herodes el Grande le tenía miedo a todo el mundo. Era rey de Judea desde el año 37 a.C., pero no porque su pueblo lo hubiera elegido, sino porque el Senado romano le dio el título y las legiones romanas se lo impusieron. Sus propios súbditos lo despreciaban. Era idumeo, de una familia convertida al judaísmo a la fuerza apenas una generación antes. Se casó con la princesa Mariamne, de la antigua dinastía real, para ganarse algo de respeto. No funcionó. Al final la mandó ejecutar a ella, a su madre, a su abuelo y a dos de sus propios hijos. Y como si las conspiraciones internas no bastaran, Cleopatra de Egipto quería quedarse con su reino entero.
Cleopatra ya había convencido a su amante Marco Antonio de quitarle a Herodes los lucrativos jardines de bálsamo de Jericó. Quería toda Judea, y Antonio, perdidamente enamorado, parecía capaz de dársela. Si eso ocurría, Herodes necesitaría un lugar donde esconderse. Un sitio al que ningún ejército pudiera llegar y ningún asesino pudiera encontrar. Miró hacia el sur, hacia el Mar Muerto, y encontró una roca. Masada: una meseta con forma de barco, seiscientos metros de largo, rodeada de acantilados que caían cuatrocientos metros hacia el punto más bajo de la Tierra. Solo se podía subir por dos caminos, y ambos eran pesadillas.
Pero Herodes no quería simplemente sobrevivir en esa roca. Quería vivir como rey. Sus arquitectos construyeron el Palacio Norte en tres terrazas escalonadas sobre el acantilado mismo, como si colgara en el aire sobre el desierto. Arriba, sus habitaciones privadas con mosaicos en blanco y negro y frescos que imitaban mármol. Veinte metros más abajo, un pabellón circular para recibir invitados entre el cielo y la tierra. Otros quince metros más abajo, un salón de banquetes con columnas corintias y frescos al estilo de Pompeya: rojos, verdes, amarillos, tan vivos que cuando los limpiaron en 1963, parecían pintados la semana anterior.
En la cima, el Palacio Occidental cubría cuatro mil metros cuadrados: salón del trono, oficinas, apartamentos reales. Y alrededor de toda la meseta, un muro doble de mil cuatrocientos metros con setenta habitaciones entre sus paredes, treinta torres y tres puertas fortificadas. Pero lo verdaderamente increíble estaba debajo. En un lugar donde llovía apenas cincuenta milímetros al año, los ingenieros de Herodes construyeron presas para capturar las raras inundaciones y canalizarlas a doce cisternas enormes talladas en la roca. Capacidad total: cuarenta mil metros cúbicos de agua. Más de diez millones de litros.
¿Y qué hizo Herodes con esa agua que sus sirvientes cargaban cuesta arriba por el desierto? Llenó una piscina. Una piscina al aire libre de dieciocho metros por doce, rodeada de jardines. Dicen que el que tiene miedo hasta del agua se ahoga en tierra seca — pues Herodes se fue al otro extremo: se bañaba en agua dulce en el lugar más seco de la Tierra. También construyó un baño romano completo con calefacción bajo el suelo — doscientas columnitas de arcilla sosteniendo un piso elevado por el que circulaba aire caliente. Cuando los arqueólogos lo excavaron, muchas columnitas seguían en pie después de dos mil años. Hasta le mandaban traer vino italiano desde Campania. Una ánfora encontrada allí llevaba la inscripción: «Para el Rey Herodes de Judea».
Y después de todo eso, nunca lo usó. La amenaza de Cleopatra se evaporó cuando ella y Marco Antonio fueron derrotados en la batalla de Accio en el año 31 a.C. y ambos se suicidaron al año siguiente. Herodes cambió astutamente de bando, juró lealtad al vencedor — Octavio, el futuro Augusto — y reinó veintisiete años más, muriendo de una enfermedad espantosa en su palacio de Jericó. Masada quedó vacía. Un monumento a la paranoia de un solo hombre, con sus frescos invisibles, su piscina seca y sus almacenes llenándose de polvo.
Setenta años después, los rebeldes judíos tomaron la fortaleza al inicio de la Gran Revuelta contra Roma. Los sicarios, liderados por Eleazar ben Ya'ir, encontraron los almacenes aún abastecidos, el sistema de agua funcionando y los muros intactos. Dividieron los lujosos salones de Herodes con paredes toscas para hacer apartamentos familiares. Donde Herodes puso piscinas de placer, ellos construyeron baños rituales. Donde él tenía salones, instalaron una sinagoga orientada hacia el Templo destruido de Jerusalén. Leyeron pergaminos sagrados en un palacio construido por un rey que los habría ejecutado. La fortaleza que un tirano medio judío construyó para protegerse de su propio pueblo se convirtió en el último refugio de exactamente esa rebelión.
