Ana Bolena fue reina de Inglaterra apenas mil días. Enrique VIII, el mismo rey que movió cielo y tierra para casarse con ella — incluso rompió con la Iglesia católica para lograrlo — terminó acusándola de traición y adulterio con pruebas fabricadas. El 19 de mayo de 1536, Ana fue decapitada en la Torre de Londres. No le prepararon ni un ataúd digno: metieron su cuerpo mutilado en un viejo cajón de flechas y lo enterraron a toda prisa en la capilla de San Pedro ad Vincula, dentro de la misma Torre. Desde ese día, dicen que Ana nunca se fue.
Su fantasma ha sido visto una y otra vez a lo largo de los siglos. Aparece en la capilla donde está enterrada, en Tower Green — el patio donde la ejecutaron — y en los pasillos de la Torre Blanca, deslizándose en silencio con un vestido gris. También la han visto cerca de la Casa de la Reina, donde pasó sus últimos días con vida. En cada aparición, el detalle es siempre el mismo: camina sin cabeza, llevando su cabeza cortada bajo el brazo.
El encuentro más famoso ocurrió en 1864. Un centinela del King's Royal Rifle Corps hacía guardia nocturna cerca de la Casa de la Reina cuando vio una figura blanca avanzando hacia él entre la oscuridad. Siguiendo el protocolo militar, le dio el alto tres veces. Dicen que a la tercera va la vencida, pero aquella noche la tercera vez solo trajo silencio. El soldado cargó con su bayoneta — y la hoja atravesó la figura como si fuera humo. El hombre se desplomó inconsciente en el acto.
Cuando la guardia de relevo lo encontró tirado en el suelo, lo arrestaron de inmediato. Un soldado desmayado en su puesto era un delito grave. Lo llevaron a consejo de guerra. Pero en el juicio pasó algo inesperado: dos testigos independientes — otro guardia y un funcionario de la Torre — declararon que habían visto la misma figura fantasmal, desde puntos distintos, a la misma hora. El soldado fue absuelto. Su testimonio quedó en los archivos militares oficiales, convirtiendo este caso en uno de los pocos avistamientos de fantasmas documentados en un proceso legal.
En 1882, el capitán de la guardia J.D. Dundas vivió algo igual de inquietante. Mientras hacía su ronda nocturna, notó una luz extraña saliendo de la capilla de San Pedro ad Vincula, que estaba cerrada con llave. Se asomó por una ventana y lo que vio lo dejó helado: una procesión de figuras vestidas al estilo Tudor avanzaba lentamente por el pasillo central, encabezada por una mujer con un vestido elaborado cuya descripción coincidía con los retratos históricos de Ana Bolena. Las figuras llegaron al altar y, una por una, se desvanecieron.
Esa capilla, donde Ana está enterrada junto a Catalina Howard y Lady Jane Grey — otras dos mujeres ejecutadas por la corona — es considerada una de las habitaciones más embrujadas de toda Inglaterra. No es difícil entender por qué. Tres reinas y nobles cuyos finales fueron igual de brutales, todas bajo el mismo suelo de piedra.
Los Yeoman Warders — los guardianes ceremoniales que viven con sus familias dentro de los muros de la Torre — han reportado encuentros durante siglos, aunque hablan de ello con poca gana. Puertas que se abren y se cierran solas en la Casa de la Reina. Pasos que resuenan en pasillos vacíos. Una sensación abrumadora de tristeza cerca del lugar de las ejecuciones en Tower Green, donde hoy hay un monumento permanente. Algunos hijos de los guardianes han contado que vieron a «la señora sin cabeza» en los jardines después de anochecer.
Creas o no en fantasmas, hay algo innegable: la injusticia de la muerte de Ana Bolena — una reina destruida por el capricho cruel de un rey — se ha grabado en las piedras de la Torre. Casi cinco siglos después, ella sigue ahí. No la han silenciado. No se ha ido. Y todo indica que no piensa hacerlo.
