La noche del 31 de octubre de 1756, Giacomo Casanova logró lo que ningún preso había conseguido en toda la historia de Venecia: escapar de los Plomos. Así llamaban a las celdas del ático del Palacio Ducal, justo bajo las planchas de plomo del techo. Su fuga es una de las más célebres de todos los tiempos, y su propio relato, «Historia de mi fuga», es pura literatura de aventuras.
Casanova había sido detenido en julio de 1755 por orden de los Inquisidores de Estado, acusado de espionaje, prácticas ocultistas y una vida escandalosa. Lo encerraron en los Plomos, un infierno diseñado para destruir el espíritu: en verano, el plomo convertía las celdas en hornos; en invierno, el mismo metal las transformaba en congeladores. Comida escasa, sin ejercicio, sin esperanza. Nadie había escapado jamás.
Pero Casanova no era de los que se rinden. Durante quince meses, tramó su plan. En uno de sus raros paseos por el ático del palacio, encontró un perno de hierro en el suelo. Lo fue aflojando semana tras semana hasta arrancarlo. Con ese perno como cincel improvisado, pasó meses perforando el suelo de madera de su celda, escondiendo los restos bajo la cama y mezclando las astillas con sus sobras de comida.
Y entonces el destino le jugó la peor carta. Cuando el túnel estaba casi terminado, los guardias lo trasladaron a otra celda. Cualquier otro se habría derrumbado. Casanova no. Dicen que «el que la sigue la consigue», pero Casanova fue más allá: cuando lo imposible le cerró una puerta, él abrió el techo. Reclutó al padre Marino Balbi, un cura caído en desgracia que ocupaba la celda de arriba.
El plan era brillante en su audacia. Casanova escondió el perno de hierro dentro del lomo de una enorme Biblia y se la envió a Balbi. Su razonamiento fue perfecto: ningún guardia se atrevería a inspeccionar un libro sagrado. Funcionó. Balbi usó el perno para romper el techo de su celda y salir al tejado de plomo.
La noche de Halloween de 1756, Casanova y Balbi treparon por el agujero y salieron al tejado del Palacio Ducal, suspendidos sobre la plaza de San Marcos. Lo que siguió fue una pesadilla de vértigo: arrastrarse por las planchas de plomo en la oscuridad total, a un paso de caer al vacío. Con una cuerda hecha de sábanas, Casanova se descolgó por una ventana, entró de nuevo al palacio, y forzó puertas con su fiel perno de hierro.
Al amanecer del 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, Giacomo Casanova cruzó la puerta principal del Palacio Ducal vestido con sus mejores ropas, los harapos de la prisión ocultos bajo una capa elegante. Los guardias vieron a un caballero bien vestido saliendo a la hora en que llegaban los funcionarios y no dijeron nada. Tomó una góndola, cruzó la laguna y dejó Venecia para siempre.
Más tarde escribió que, mientras la góndola se alejaba, miró hacia atrás, hacia aquel techo de plomo que había cruzado a ciegas en la oscuridad, y se rio. Se rio con la alegría pura de un hombre que había logrado lo imposible.
