En 1555, el hombre más temido de Rusia decidió construir una catedral. Iván IV —al que la historia acabaría llamando «el Terrible»— acababa de aplastar la ciudad de Kazán, el último gran bastión del imperio mongol que había dominado Rusia durante siglos. No era solo una victoria militar. Era el momento en que Rusia le decía al mundo: aquí estamos. E Iván quería un edificio a la altura.
Contrató a dos arquitectos, Postnik Yákovlev y Barma, y les encargó una sola cosa: construir algo imposible. Durante seis años, eso hicieron. Lo que se levantó al borde de la Plaza Roja parecía sacado de un sueño de fiebre: nueve capillas fundidas en una sola estructura imposible, cada una coronada por una cúpula distinta a la anterior. Más visión que edificio. Nada igual había existido antes. Nada igual ha existido después.
Cuando Iván se plantó por fin ante la Catedral de San Basilio terminada, en 1561, cuenta la leyenda que se quedó mudo. Luego se volvió hacia Postnik y Barma y les hizo una sola pregunta: «¿Podríais construir algo más bello que esto?». Los arquitectos —por ingenuos o quizá simplemente por honestos— dijeron que sí. La expresión de Iván no cambió. «Entonces me aseguraré de que nunca lo hagáis».
Les arrancó la vista con hierros al rojo. Las dos personas en el mundo más capaces de crear belleza perdieron para siempre la capacidad de verla. La leyenda dice que pasaron el resto de sus días mendigando a la sombra de su propia obra maestra, escuchando los suspiros de los visitantes que podían ver lo que ellos solo podían recordar.
Pero hay un problema: casi seguro que nunca ocurrió. Los historiadores han encontrado registros de un constructor llamado Postnik Yákovlev trabajando en otros proyectos después de San Basilio, algo imposible si le hubieran dejado ciego. Algunos creen incluso que «Postnik» y «Barma» ni siquiera eran dos personas, sino dos nombres para el mismo arquitecto.
Y sin embargo, la historia lleva casi quinientos años viva. Porque captura algo profundamente cierto sobre la Rusia de Iván. Hablamos de un zar que mató a su propio hijo en un arrebato de ira. Un gobernante que creó una policía secreta, arrasó ciudades enteras y oscilaba entre la oración y la crueldad sin pestañear. La historia de la ceguera perdura porque es exactamente algo que él habría hecho.
Dicen que no hay mal que cien años dure. La crueldad de Iván no duró ni medio siglo. Pero su catedral lleva ya casi cinco, ahí plantada en la Plaza Roja —salvaje, imposible, única en el mundo—. Millones la visitan cada año. Nadie recuerda a quién conquistó Iván ni a quién aplastó. Pero todo el mundo conoce el edificio que dos arquitectos crearon, tan bello que un tirano les quemó los ojos para quedárselo para siempre. El arte sobrevivió al monstruo. Siempre lo hace.
