En 1508, Miguel Ángel era el escultor más famoso de Italia. Su David en Florencia ya era leyenda. Pero el papa Julio II no lo quería para esculpir: lo quería para pintar el techo de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel se negó. Era escultor, no pintor. Sospechaba que todo era una trampa del arquitecto Bramante para humillarlo, obligándolo a competir con Rafael, el joven favorito de Roma.
Pero Julio II no era un papa cualquiera. Lideraba ejércitos en persona y lo apodaban «Il Terribile», el mismo título que se le daba a Iván de Rusia. Cuando Julio daba una orden, no existía la palabra «no». Miguel Ángel aceptó el encargo con una rabia que le quemaba por dentro.
Lo que vino después fueron cuatro años de un sufrimiento que no tiene igual en la historia del arte. Miguel Ángel diseñó su propio andamio: plataformas de madera suspendidas a veinte metros del suelo, curvadas para seguir la forma de la bóveda. Despidió a casi todos sus ayudantes. No confiaba en nadie. Trabajó prácticamente solo, de pie, con la cabeza echada hacia atrás y el brazo extendido, pintando sobre yeso fresco que debía terminar antes de que se secara.
El precio físico fue brutal. En un poema a su amigo Giovanni, escribió: «Mi barba apunta al cielo, la nuca se me hunde en la espalda... el pincel me gotea en la cara y me convierte en un suelo decorado.» La columna se le deformó. El cuello se le trabó. La pintura le caía en los ojos constantemente, y su vista empeoró tanto que durante meses solo podía leer sosteniendo los textos por encima de la cabeza. Apenas comía, dormía vestido sobre el andamio, y dejó de bañarse hasta tal punto que, cuando le quitaron las botas, la piel se le fue con ellas.
Mientras tanto, a pocas habitaciones de distancia, el joven Rafael pintaba los aposentos papales con una elegancia deslumbrante. Dicen que en España «a la tercera va la vencida», pero Rafael no necesitó tres intentos: le bastó una sola mirada furtiva al techo de Miguel Ángel —según se dice, con la llave de Bramante— para cambiar su propio estilo por completo. La rivalidad entre ambos, uno un genio solitario y atormentado, el otro un artista encantador y social, definió el Renacimiento.
Julio II subía al andamio constantemente a exigir: «¿Cuándo terminas?» La respuesta de Miguel Ángel se hizo legendaria: «Cuando pueda.» Una vez, el papa amenazó con tirarlo del andamio. Miguel Ángel amenazó con irse de Roma. Ninguno cedió.
El 1 de noviembre de 1512 se descubrió el techo. Roma enmudeció. Más de trescientas figuras cubrían quinientos metros cuadrados, contando la historia de la creación desde la separación de la luz y la oscuridad hasta la embriaguez de Noé. En el centro, el dedo de Dios se extiende hacia el dedo de Adán a través de un vacío diminuto: La Creación de Adán, la imagen que redefinió lo que la pintura podía ser. El propio Rafael dijo que agradecía a Dios haber nacido en la época de Miguel Ángel.
Miguel Ángel salió de la capilla con el cuerpo destrozado y la reputación inmortal. Había demostrado que un escultor podía pintar, y al hacerlo creó la obra de arte más influyente de la civilización occidental.
