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Fantasmas y Maldiciones·2/2·3
Photograph of Catacombs of Paris

The place

Catacombs of Paris

A veinte metros de la luz

Philibert Aspairt bajó a las canteras de París en 1793 — lo encontraron once años después, muerto a un suspiro de la salvación

November 3, 1793 (lost); 1804 (found)Catacombs of Paris

La noche del 3 de noviembre de 1793, un hombre bajó al subsuelo de París y no volvió a subir. Se llamaba Philibert Aspairt. Once años después encontraron su cuerpo, y lo que convierte esta historia en una pesadilla es un solo dato: murió a veinte metros de una salida. Estaba ahí. Casi en casa. Pero bajo tierra, «casi» es la palabra más cruel que existe.

Aspairt era el portero del hospital militar de Val-de-Grâce, en la orilla izquierda del Sena. El edificio se levantaba sobre antiguas canteras, y todo el mundo en el hospital sabía que desde el sótano se podía bajar a una red de galerías. ¿Por qué se metió? La teoría que más convence: iba buscando la bodega de un convento cercano. A los monjes los habían echado con la Revolución y, según se decía, dejaron botellas de licor escondidas. Alcohol gratis, a unos pocos túneles de distancia.

Bajó con una vela. Una sola. Las canteras bajo París se extienden más de trescientos kilómetros: un laberinto de callejones sin salida, galerías inundadas, techos hundidos y bifurcaciones que se multiplican hasta que no sabes ni de dónde vienes. En 1793, casi nada estaba mapeado. Una vela te daba dos, tres metros de luz. Después de eso, nada. Negrura total. Esa oscuridad en la que levantas la mano y no la ves.

La vela se apagó.

Una corriente de aire, la cera que se acabó, un tropezón. Da lo mismo. Lo que importa es lo que vino después: un hombre solo, de pie en la oscuridad más absoluta, perdido en algún punto de trescientos kilómetros de piedra, sin luz, sin mapa y sin la menor idea de qué camino lo sacaba de ahí y cuál lo hundía más.

Caminó. Tuvo que caminar durante horas, quizá días, con las manos pegadas a las paredes de roca, eligiendo al azar en cada cruce, gritando en túneles que se tragaban su voz sin escupir eco. Dicen que Dios aprieta pero no ahoga. Bajo París, la oscuridad no aprieta: te traga. No dejó ni una marca en las paredes, ni un rastro. La piedra se lo comió entero.

Su cuerpo apareció en 1804. Once años. Unos obreros que estaban levantando planos de las galerías lo reconocieron por las llaves del hospital que todavía llevaba en el bolsillo. Estaba tirado en un pasadizo que conectaba, por un solo corredor, con el mismísimo sótano donde trabajaba. La salida le quedaba a veinte metros. Un giro a la izquierda en vez de a la derecha y habría salido caminando. Pero a ciegas, sin forma de distinguir la vida de la muerte, giró a la derecha.

Lo enterraron donde cayó. Su lápida sigue ahí abajo, en los túneles, y es una de las pocas tumbas con nombre en todas las catacumbas de París. Hoy, los que se cuelan en las galerías prohibidas le dejan velas y monedas sobre la piedra. La historia de Aspairt sobrevive porque nos toca donde más duele: la idea de estar tan cerca de salvarte que casi podrías tocar la puerta con los dedos, y no saberlo. Bajo París, veinte metros son veinte kilómetros. A la oscuridad le da igual lo cerca que estés.

Moraleja de la historia

La dirección lo es todo y la distancia no vale nada — Aspairt murió a veinte metros de su propia puerta, prueba de que la salvación puede estar al alcance de la mano y ser invisible en la oscuridad.

Personajes

P
Philibert Aspairt
O
Obreros de la Inspección General de Canteras (descubridores)

Fuente

Inspection Générale des Carrières records; Héricart de Thury, "Description des Catacombes de Paris" (1815); cataphile oral tradition