En 1900, un monje taoísta llamado Wang Yuanlu barría arena en un templo excavado en la roca, en pleno desierto del Gobi. No era arqueólogo ni mucho menos: apenas un sacerdote autodidacta que se había propuesto cuidar las cuevas de Mogao, cerca de Dunhuang. Un día, mientras limpiaba un pasillo decorado con pinturas, notó una grieta en la pared. Detrás había una habitación sellada, de unos tres metros de lado, repleta de manuscritos del suelo al techo. Unos cincuenta mil.
Nadie sabe con certeza quién selló esa habitación ni por qué. La teoría más aceptada es que unos monjes la cerraron hacia el año 1002, quizá para proteger los manuscritos de algún ejército invasor, quizá porque simplemente ya no cabía nada más. Fuera cual fuera la razón, tapiaron la entrada, la cubrieron con yeso, y el desierto hizo el resto. Durante casi novecientos años, el aire más seco del planeta conservó aquellos documentos en condiciones casi perfectas.
Wang no entendía del todo la magnitud de su hallazgo, pero sabía que importaba. Avisó a las autoridades locales. Se encogieron de hombros. Escribió a los gobernadores provinciales. Le dijeron que lo volviera a sellar. Durante siete años, Wang suplicó a todo el que tuviera algo de poder que se interesara por lo que podría haber sido el mayor descubrimiento documental de la historia. Nadie le hizo caso.
Entonces, en 1907, apareció Aurel Stein, un explorador húngaro-británico que había cruzado el desierto semanas enteras siguiendo un rumor. En cuanto vio la cueva, supo lo que tenía delante. Y jugó su carta con astucia: le dijo a Wang que era devoto seguidor de Xuanzang, el legendario monje budista del relato más famoso de China, «Viaje al Oeste». Le aseguró que el destino lo había enviado a llevar esos textos sagrados a occidente. Wang, hombre de fe profunda, le creyó cada palabra.
Stein se marchó con veinticuatro cajas de manuscritos y cinco de pinturas: unos diez mil objetos. Le pagó a Wang casi nada. Un año después llegó el sinólogo francés Paul Pelliot, que seleccionó a mano otras seis mil de las mejores piezas. Tras él vinieron equipos japoneses, rusos y estadounidenses, cada uno llevándose lo que pudo. Para 1910, cuando el gobierno chino por fin reaccionó y envió lo que quedaba a Pekín, más de la mitad del contenido de la cueva estaba repartido por medio mundo.
Y aquí es donde la historia duele de verdad. Wang gastó hasta la última moneda en restaurar las cuevas. Creía que estaba cambiando papel viejo por piedra sagrada, salvando el templo que amaba. Murió en 1931, enterrado junto a las cuevas que protegió toda su vida. Nunca entendió que lo que regaló valía más que todo lo que construyó. Dicen que no hay mal que cien años dure. Aquel tesoro duró novecientos — y bastó que alguien supiera su valor para que desapareciera en una década.
Entre lo que Stein se llevó estaba el Sutra del Diamante, un texto budista impreso en el año 868, lo que lo convierte en el libro impreso con fecha más antiguo del mundo. Hoy se exhibe en la Biblioteca Británica de Londres. Su título completo se traduce del sánscrito como «El diamante que corta la ilusión». Un nombre perfecto para un texto arrebatado a un hombre que nunca logró ver a través de la ilusión en la que vivía.
Hoy, para estudiar lo que salió de una sola cueva en el desierto chino, necesitarías billetes de avión a Londres, París, Tokio y San Petersburgo. La Cueva Biblioteca está vacía: una habitación pequeña y desnuda donde cincuenta mil voces permanecieron en la oscuridad durante nueve siglos. Al final, la mayor amenaza para un tesoro no es el abandono ni la guerra. Es el momento en que aparece alguien que sabe exactamente lo que vale.
