En el año 114, Trajano era el hombre más poderoso de la Tierra. El Senado lo había nombrado Optimus, el mejor de todos. Había conquistado naciones y levantado monumentos que siguen en pie. Pero quedaba una cuenta pendiente: Partia, el imperio oriental que humillaba a Roma desde hacía siglos. La herida más famosa fue Carras, donde Craso perdió su ejército entero. Trajano iba a cerrar esa deuda. Pero antes de mover un soldado, hizo algo inesperado. Le escribió una carta a un dios.
Y no a cualquier dios. Eligió al oráculo de Baalbek, un templo colosal en lo que hoy es Líbano. Bajo su nombre romano, Júpiter Heliopolitano, se escondía Baal, el antiguo dios de la tormenta, adorado en esa colina milenios antes de Roma. El oráculo funcionaba así: los sacerdotes cargaban una estatua dorada en una plataforma, y cuando alguien preguntaba, la estatua se movía sola — giraba, se sacudía, retrocedía. Los sacerdotes leían esos movimientos como la voz del dios.
Pero Trajano no era de los que confían fácil. Era un soldado que había llegado a la cima por mérito, no por linaje, con el instinto de un comandante que verifica cada informe. Así que le tendió una trampa al dios. Selló una carta en blanco con el sello imperial y la envió al templo. Demuéstrame que eres real. Los sacerdotes hicieron sus rituales. Y el oráculo respondió con un pergamino vacío. Nada escrito. Un espejo perfecto. La trampa no falló: se convirtió en prueba.
Convencido, Trajano hizo su verdadera pregunta — la que no lo dejaba dormir. ¿Triunfaría su invasión? ¿Volvería vivo a casa? El oráculo no respondió con palabras. Los sacerdotes tomaron el bastón de un centurión — la vara de madera que los oficiales romanos llevaban como símbolo de mando — y lo partieron en pedazos. Envolvieron los fragmentos en un paño y se los mandaron al emperador. Era un acertijo. Y tardaría tres años en resolverse.
Al principio, la campaña fue una obra maestra. Trajano arrasó Mesopotamia, tomó Ctesifonte — la capital parta — y llegó al golfo Pérsico, más al este que cualquier legión romana. En la orilla, lamentó no ser joven para seguir a Alejandro hasta la India. Después, todo se derrumbó. Estallaron revueltas. Su salud se quebró. En el 117, navegando a casa, sufrió un derrame cerebral y murió. Sus cenizas volvieron a Roma en una urna de oro, bajo la columna que lleva su nombre.
Un bastón partido y envuelto en tela. Un cuerpo partido y enviado de vuelta a casa. El oráculo había respondido con una precisión brutal: lo conquistarás todo. Y no volverás con vida. Dicen que Dios aprieta pero no ahorca. El dios de Baalbek hizo algo peor: le dio exactamente lo que pidió y escondió el precio en un acertijo que nadie supo leer hasta que fue demasiado tarde.
El dios que hizo esa predicción sobrevivió a Trajano por siglos. Peregrinos cruzaban el imperio entero para preguntarle sobre el amor, la guerra y la muerte. Hasta que en el 391, el emperador cristiano Teodosio — que veía a los dioses antiguos como demonios — prohibió todo culto pagano en Roma. Los fuegos de Baalbek se apagaron. La estatua dorada fue destruida. El oráculo que una vez predijo la muerte de emperadores enmudeció para siempre.
Hoy, seis columnas enormes siguen en pie en Baalbek — las más altas que sobreviven del mundo antiguo. Son los últimos testigos de un dios lo bastante poderoso para que los emperadores lo escucharan, y lo bastante honesto para decirles lo que no querían oír. El bastón ya no existe. La profecía se cumplió.
