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Lo Perdido y lo Hallado·2/5·4
Photograph of Knossos - Palace of King Minos & the Labyrinth

The place

Knossos - Palace of King Minos & the Labyrinth

Dédalo e Ícaro — El vuelo desde Cnosos

El padre que no pudo salvar a su hijo del cielo

Mythological EraKnossos - Palace of King Minos & the Labyrinth

Dédalo era, sin exagerar, el mejor inventor que el mundo antiguo había conocido. Había nacido en Atenas, pero tuvo que huir después de matar a su propio sobrino Pérdix, un chico tan talentoso que Dédalo no soportó la idea de ser superado. Así llegó a Creta, a la corte del rey Minos, donde encontró trabajo y protección. Allí construyó maravillas que dejaban a todos con la boca abierta: la vaca de madera para la reina Pasífae, el famoso Laberinto para encerrar al Minotauro, y salones de baile para la princesa Ariadna.

El problema era que Dédalo sabía demasiado. Él había construido el artefacto que llevó al nacimiento del Minotauro. Él conocía cada pasillo del Laberinto y cómo salir de él. Cuando Ariadna usó ese conocimiento para ayudar al héroe Teseo a escapar, Minos estalló de rabia. Y como no podía culpar a su propia hija, toda su furia cayó sobre el inventor. Encerró a Dédalo y a su hijo pequeño, Ícaro, en una torre alta frente al mar.

Cada puerto vigilado. Cada camino bloqueado. Minos controlaba la tierra y el mar, y Dédalo lo sabía. Ningún barco los sacaría de allí. Pero mientras observaba a las gaviotas que volaban alrededor de la torre, tuvo una idea que cambiaría todo. «Minos puede ser dueño de la tierra y del mar», le dijo a Ícaro, «pero el cielo no le pertenece a nadie.»

Empezó a juntar plumas: de las aves marinas que se posaban en la torre, de las almohadas, de donde fuera. Las ordenó de menor a mayor, las curvó con paciencia, unió las grandes con hilo y las pequeñas con cera. Poco a poco, dos pares de alas fueron tomando forma. Cada una era una obra maestra nacida de la genialidad y la desesperación.

Cuando terminó, le colocó las alas más pequeñas a Ícaro y le dio la advertencia más famosa de toda la mitología: «Vuela por el medio, hijo. Si vuelas muy bajo, el agua del mar mojará las plumas y te arrastrará. Si vuelas muy alto, el calor del sol derretirá la cera. Quédate cerca de mí. Sigue mi camino y llegaremos a la libertad.»

Saltaron desde la torre y volaron. La sensación era indescriptible: el viento en la cara, la tierra haciéndose pequeña bajo sus pies, el mar brillando como bronce pulido. Los pescadores los miraban desde sus botes sin poder creerlo, convencidos de que estaban viendo dioses. Los pastores soltaban sus cayados y se quedaban clavados mirando al cielo.

Pero Ícaro era joven, y volar era la experiencia más embriagadora que había vivido. Dicen que quien mucho sube, gran caída tiene, y así fue. Empezó a subir más y más, borracho de felicidad, queriendo tocar el mismísimo sol. Dédalo le gritaba, pero el viento se llevaba sus palabras.

A medida que subía, el calor iba derritiendo la cera. Las plumas se desprendían y caían como estrellas fugaces. Cuando Ícaro sintió que algo andaba mal, ya era tarde. Las alas se deshicieron y el muchacho cayó al mar con un grito que su padre escucharía en pesadillas el resto de su vida.

Dédalo sobrevoló el lugar una y otra vez, llamando a su hijo, pero no había nada que hacer. Sacó su cuerpo del agua y lo enterró en una isla cercana, que desde entonces se llama Icaria. El mar que la rodea se conoce como el mar de Icaria. Después, solo y destrozado, el mayor inventor del mundo voló hasta Sicilia, donde vivió el resto de sus días en el exilio. Nunca volvió a construir alas.

Moraleja de la historia

El genio crea, pero toda creación tiene su precio. La misma idea que te libera puede destruirte. Ícaro no cayó por falta de habilidad, sino por exceso de alegría.

Personajes

D
Daedalus
I
Icarus
K
King Minos

Fuente

Ovid's Metamorphoses (Book 8), Apollodorus's Bibliotheca, Pausanias's Description of Greece