En el año 260, Roma sufrió la mayor humillación de sus ochocientos años de historia. El emperador Valeriano marchó al este para enfrentarse a Shapur I, rey de Persia, y lo perdió todo. No solo la batalla: se perdió a sí mismo. Fue capturado vivo cerca de Edesa, en la actual Turquía -- el único emperador romano reinante jamás hecho prisionero por un enemigo extranjero. Los persas, según cuentan, lo usaban como escalón para montar a caballo. La mitad oriental de Roma quedaba abierta de par en par.
Ahí entra Odenato -- o Udhayna en su arameo natal, que significa "orejita". Era el señor de Palmira, una ciudad caravanera en pleno desierto sirio, fabulosamente rica por su posición en las rutas comerciales entre Roma y Persia. No era general romano ni gobernador. Era un rey cliente -- un líder local aliado de Roma -- cuyos arqueros montados y caballería acorazada palmirena estaban entre los guerreros más letales del mundo antiguo. Y estaba a punto de hacer la apuesta más grande de su vida.
Primero probó la diplomacia. Le envió a Shapur una caravana cargada de oro, plata y productos de lujo -- básicamente, una invitación a negociar. La respuesta del rey persa fue pura soberbia. "¿Quién es este Odenato que se atreve a escribirle a su señor?", respondió. "Que se arrastre hasta mí con las manos atadas." Y mandó tirar los regalos al Éufrates. Fue el tipo de error que cambia la historia. En vez de neutralizar al único hombre capaz de plantarle cara, Shapur acababa de crear a su peor enemigo.
Así que Odenato fue a la guerra. Primero aplastó a dos rebeldes romanos que habían aprovechado el caos para tomar el poder, demostrando su lealtad al emperador legítimo. Después giró hacia el este, reunió a su caballería palmirena y a sus aliados, e hizo lo que nadie creía posible. Cruzó el Éufrates y marchó hasta Ctesifonte -- la capital persa, cerca de la actual Bagdad -- y llegó a sus puertas. Arrasó todo lo que encontró y se retiró cargado de botín. Y luego lo hizo otra vez.
El emperador Galieno, atrapado en sus propias guerras en Occidente, hizo lo más inteligente: le dio a Odenato el título de "Gobernador de todo el Oriente romano". De la noche a la mañana, un señor de caravanas del desierto mandaba oficialmente sobre la mitad del Imperio romano. Pero el título que Odenato se dio a sí mismo era aún más audaz: las inscripciones palmirenas lo llaman "Rey de Reyes" -- exactamente el título de los emperadores persas desde Ciro el Grande. El hombre al que Shapur mandó arrastrarse ahora reclamaba su propia corona.
Todo terminó en un banquete en el año 267. Odenato y su hijo mayor Hairán fueron asesinados por su propio sobrino, Meonio -- oficialmente por una disputa durante una cacería. Pero la pregunta real es quién se beneficiaba de que padre y heredero murieran la misma noche. La respuesta: Zenobia, la segunda esposa de Odenato, una reina brillante que decía descender de Cleopatra. Con Hairán muerto, su hijo pequeño se convirtió en rey y ella pasó a ser el verdadero poder. Meonio fue ejecutado enseguida. Nadie pudo preguntarle quién dio la orden.
Esto es lo que queda. Odenato dedicó su vida a salvar Roma. Frenó a Persia, sostuvo la frontera oriental cuando nadie más podía, y Roma le pagó con todos los títulos y honores imaginables. Menos de diez años después de su muerte, un ejército romano entró en Palmira y la redujo a cenizas. El imperio que salvó destruyó la ciudad que construyó. Cría cuervos y te sacarán los ojos -- solo que aquí, el cuervo era Roma. Así paga el poder a quien le es útil: con gratitud que caduca.
