Skip to main content
Profetas y Peregrinos·3/5·2
Photograph of Palmyra

The place

Palmyra

El guardián de Palmira

El arqueólogo de 83 años que protegió Palmira durante medio siglo — y eligió la muerte antes que entregarla a quienes vinieron a destruirlo todo

1963–2015 (carrera de al-Asaad); mayo–agosto de 2015 (ocupación del ISIS y su martirio)Palmyra

Khaled al-Asaad pasó cincuenta años recorriendo las mismas ruinas cada día. Nació en 1932 en Tadmor — el pueblo sirio que vive a la sombra de la antigua Palmira — y creció tratando las columnatas como si fueran el patio de su casa. Estudió historia en Damasco, volvió, y en 1963 se convirtió en director de antigüedades de Palmira. Cuarenta años en el cargo. Cuando se jubiló en 2003, nada cambió: seguía apareciendo cada mañana. A su hija le puso Zenobia, como la reina guerrera de Palmira. Las ruinas no eran su lugar de trabajo. Eran él.

Todos los equipos internacionales que excavaron en Palmira — polacos, alemanes, franceses, japoneses, americanos — pasaron por él. Dirigió excavaciones en el Templo de Bel y en el Valle de las Tumbas. Tradujo miles de inscripciones en arameo palmireno, la clave para descifrar el pasado de la ciudad. Le llamaban «Señor Palmira» y era capaz de recorrer las ruinas con cualquiera — catedrático o turista — compartiendo historias de medio siglo de dedicación. No estudiaba la historia. Era el puente vivo hacia ella.

En la primavera de 2015, el ISIS avanzaba. Ya habían destrozado ante las cámaras las piezas del Museo de Mosul y arrasado ciudades asirias milenarias. Todo el mundo sabía lo que significaría la caída de Palmira. Al-Asaad y Maamoun Abdulkarim, director general de antigüedades de Siria, organizaron un rescate contrarreloj: cargaron cientos de piezas — estatuas, relieves, retratos funerarios — en camiones rumbo a Damasco. Cuando se acabó el tiempo, al-Asaad decidió qué se salvaba. Conocía cada pieza por su nombre.

Palmira cayó el 20 de mayo de 2015. El pueblo se vació. Sus colegas le suplicaron que se marchara: tenía ochenta y tres años, había hecho todo lo humanamente posible, sus hijos lo esperaban. Se negó. Había pasado toda su vida adulta allí. El ISIS lo capturó casi de inmediato. Durante un mes lo interrogaron y lo torturaron. Querían dos cosas: el oro que creían enterrado bajo las ruinas y la ubicación de las piezas evacuadas. No les dio nada. Ni una palabra.

El 18 de agosto de 2015, el ISIS ejecutó públicamente a Khaled al-Asaad en su propia ciudad. Colgaron su cuerpo de un poste con las gafas puestas — la marca del estudioso convertida en burla. Un cartel enumeraba sus «crímenes»: asistir a congresos internacionales, colaborar con gobiernos extranjeros, ser «el director de la idolatría». Cada pieza rescatada, cada inscripción traducida, cada colega al que dio la bienvenida: toda su vida fue la prueba en su contra. Tenía ochenta y tres años.

Después, el ISIS hizo exactamente lo que todos temían. Volaron el Templo de Baalshamin. Dinamitaron el Templo de Bel — un edificio del año 32 que había sobrevivido dos mil años de guerras, imperios y religiones. Destruyeron el Arco Monumental. Derribaron las torres funerarias. Destrozaron el León de Al-lat. Usaron el teatro romano para ejecuciones masivas. Querían borrar Palmira del mapa y de la memoria.

Cuando las fuerzas sirias recuperaron Palmira en marzo de 2016, la Gran Columnata y el teatro romano seguían en pie. En Damasco, cada pieza que al-Asaad había salvado — bustos funerarios, inscripciones, rostros tallados hace dos mil años — estaba donde él las había enviado. A salvo. El equipo polaco que trabajó a su lado durante décadas volvió y reconstruyó el León de Al-lat a partir de sus fragmentos. Una orquesta rusa tocó en el teatro herido. Las piedras recordaban.

Dicen que Dios aprieta pero no ahoga. El ISIS apretó con todo lo que tenía: armas, explosivos, un mes de poder absoluto sobre un viejo indefenso. Apretaron hasta matarlo — pero no lograron ahogar lo que de verdad importaba. Un arqueólogo de ochenta y tres años con gafas, que jamás tocó un arma, los venció. Las piezas siguen a salvo. Los tesoros que exigían jamás aparecieron. No solo protegió unas ruinas. Demostró que quienes recuerdan son más difíciles de destruir que aquello que recuerdan.

Moraleja de la historia

Hay quienes destruyen porque temen lo que el pasado revela sobre la amplitud de lo posible — y hay quienes mueren antes que traicionarlo. Las piedras se reconstruirán o no, pero la decisión de un anciano con gafas, en silencio ante sus verdugos, es un monumento que ningún explosivo puede alcanzar.

Personajes

K
Khaled al-Asaad (director de antigüedades, 1963–2003)
M
Maamoun Abdulkarim (director general de Antigüedades de Siria)
M
Michał Gawlikowski (arqueólogo polaco)
I
Irina Bokova (directora general de la UNESCO)

Fuente

UNESCO statements, August 18-20, 2015; Abdulkarim, Maamoun, interviews on Syrian heritage evacuation efforts; The Guardian, New York Times, BBC reporting, August 2015; Gawlikowski, Michał, tributes and interviews; ASOR Cultural Heritage Initiatives documentation of Palmyra destruction; UNOSAT satellite imagery analysis, 2015-2017