A principios del siglo XIII, la ciudad de Alanya —en la costa sur de lo que hoy es Turquía— estaba bajo el dominio del Imperio bizantino. Su gobernador era un hombre llamado Argiles, un tekfur, como se conocía a los señores bizantinos de la región. Argiles tenía una hija, Eleni, famosa en toda la costa por su belleza.
Pero Alanya vivía aterrorizada. Un pirata llamado Vasili atacaba sus costas sin descanso, saqueando barcos y aldeas. Argiles, desesperado, tomó una decisión brutal: le ofreció a su propia hija en matrimonio a cambio de paz. Para él, era política. Para Eleni, era una sentencia.
Lo que Argiles no sabía era que Eleni ya había entregado su corazón. En las colinas bajo la fortaleza, un joven pastor cuidaba su rebaño, y entre esas colinas había nacido un amor secreto. Eleni lo amaba con esa fuerza que no entiende de rangos ni de conveniencias.
Cuando Eleni se negó a casarse con Vasili —"¡Antes muerta que con ese hombre!"— su padre montó en cólera. La encerró en una celda del castillo, convencido de que el tiempo y el encierro doblegarían su voluntad. Dicen que no hay mal que por bien no venga. Pero para Eleni, todo era mal: el encierro, la soledad, la distancia.
Su celda tenía una sola ventana, abierta sobre la playa de Damlataş y el mar infinito. Desde allí, Eleni lloraba día y noche. Sus lágrimas caían por la ladera desnuda, gota a gota, como una lluvia silenciosa que nadie más podía ver.
Y entonces ocurrió algo que nadie pudo explicar. Donde caían sus lágrimas, la tierra empezó a despertar. Brotaron laureles, granados y olivos plateados en una ladera donde antes no crecía nada. Como si el dolor de Eleni fuera la semilla que esa tierra necesitaba.
Hoy, cuando llueve en Alanya y el aire se llena con el aroma del laurel, los vecinos se miran y dicen lo mismo que decían sus abuelos: son las lágrimas de Eleni. Su espíritu, cuentan, sigue llorando por el amor que nunca pudo vivir.
