En 1963, Yigael Yadin subió a Masada con miles de voluntarios de veintiocho países. No era un arqueólogo cualquiera: había comandado el ejército israelí durante la guerra de independencia de 1948. Ahora buscaba algo más antiguo. En el año 73 de nuestra era, casi mil rebeldes judíos habían preferido morir antes que rendirse a Roma. Según el historiador Flavio Josefo, la última noche eligieron a diez hombres por sorteo para acabar con todos los demás. Yadin quería encontrar esas suertes.
Y encontró algo extraordinario. Cerca de la puerta sur, su equipo desenterró once fragmentos de cerámica, cada uno con un nombre grabado a mano. Uno decía «Ben Ya'ir» — el nombre de Eleazar ben Ya'ir, el líder que convenció a su gente de elegir la muerte antes que la esclavitud. «Podemos imaginar lo que sintió el hombre que sacó su suerte», escribió Yadin. El mundo quedó fascinado. Ahí estaba, en el polvo del desierto, la prueba física de la noche más dramática de la historia judía.
Pero la academia no se dejó impresionar. Eran once fragmentos, no diez, como decía Josefo. «Ben Ya'ir» era un apellido tan común en el siglo I como «García» hoy: encontrarlo no probaba nada. Cientos de fragmentos similares habían aparecido por toda Masada, usados para listas de turnos y raciones. Y un detalle incómodo: Josefo escribía al servicio de los mismos emperadores romanos que destruyeron Jerusalén. Un suicidio noble hacía mejor historia que un final caótico.
Y luego estaban los cuerpos. En las ruinas del baño del Palacio Norte aparecieron tres esqueletos: un hombre joven de unos veinte años, una mujer de unos dieciocho y un niño. Junto a la mujer encontraron algo que dejó a todos sin aliento: una trenza intacta después de dos mil años, conservada por el aire seco del desierto. Se había trenzado el pelo sabiendo que iba a morir. Pero justo al lado aparecieron huesos de cerdo. Los judíos no criaban cerdos. Los romanos sí.
La suerte está echada, dice el refrán, pero aquí nadie sabe si alguien la echó. Israel respondió con política, no con ciencia. En 1969, veintisiete conjuntos de restos recibieron funeral militar en Masada: ataúdes con bandera, guardia de honor, salvas de cañón. Se trataba como hecho lo que la arqueología no podía probar. Y el sociólogo Nachman Ben-Yehuda reveló lo que los libros callaban: antes de refugiarse en la montaña, esos «héroes» habían masacrado a setecientos judíos en una aldea cercana. El mito era más útil que el desastre.
Pero la excavación también descubrió algo que ninguna controversia podía tocar. Entre los pergaminos hallados en las ruinas apareció un fragmento de Ezequiel 37: la visión del profeta sobre un valle lleno de huesos secos, donde Dios pregunta «¿Podrán vivir estos huesos?». Un texto sobre resurrección nacional, encontrado en el lugar exacto donde murió la última resistencia de un pueblo. Y en 2005, científicos plantaron una semilla de palmera datilera recuperada de la excavación de Yadin. Tenía dos mil años. Germinó, creció, y la llamaron Matusalén.
Los fragmentos quizá no sean las suertes. Los huesos quizá no sean de defensores. Los discursos quizá nunca se pronunciaron. Pero los pergaminos eran reales — leídos por personas reales en una sinagoga real en la cima de una montaña real. Y esa semilla era real, enterrada dos mil años bajo los escombros, esperando que alguien le diera agua y luz. ¿Podrán vivir estos huesos? En Masada, hasta las semillas dicen que sí.
