Durante diecinueve siglos, el pueblo judío olvidó Masada. Olvido total. El Talmud, esa enciclopedia gigante del pensamiento rabínico que es la base de la vida religiosa judía, no la menciona ni una sola vez. Tampoco la Mishná. Tampoco los grandes sabios medievales. El único relato que sobrevivió fue el de Josefo, un general judío que se rindió ante Roma y vivió como protegido del emperador. Los judíos lo consideraban un traidor. Su libro fue conservado no por escribas judíos, sino por monasterios cristianos. Los rabinos que reconstruyeron la civilización judía después de la destrucción del Templo en el año 70 eligieron otra historia: la de Yavne, donde un sabio negoció con los romanos para abrir una academia. Estudio, ley, adaptación. No espadas ni suicidios. Construyeron una civilización portátil, hecha de textos y normas, que sobrevivió dos mil años sin tierra, sin ejército, sin templo.
La resurrección de Masada empezó con un poema. En 1927, Yitzhak Lamdan, un escritor ucraniano que había huido a Palestina escapando de los pogromos de la Guerra Civil rusa, publicó un poema épico titulado simplemente Masada. No era un relato histórico: era una metáfora del proyecto sionista, la idea de que Palestina era la última fortaleza, el último refugio después de que cada puerta del mundo se hubiera cerrado. Su hermano había muerto en un pogromo. Lamdan sabía lo que pasaba cuando los judíos no tenían dónde refugiarse. Del poema nació una frase que se convirtió en grito de guerra: Metzada lo tipol shenit — 'Masada no caerá de nuevo'. En diez años, cada escuela de la comunidad judía en Palestina enseñaba el poema, y Masada había pasado de ser una nota olvidada a convertirse en el corazón emocional de un pueblo que estaba naciendo.
Pero un poema necesitaba un lugar físico. Shmaryahu Gutman se lo dio. Educador, arqueólogo y líder del Palmach — la fuerza de combate que sería el núcleo del futuro ejército israelí —, Gutman entendía el poder del paisaje. Desde los años treinta organizó peregrinaciones para jóvenes sionistas: marchas de varios días por el desierto de Judea, subiendo por el Sendero de la Serpiente con antorchas en la oscuridad, llegando a la cima al amanecer. Allí, con el Mar Muerto brillando abajo, leía fragmentos de Josefo — versiones editadas que omitían los crímenes de los sicarios — y recitaba a Lamdan. Se juraba lealtad a la tierra. El ritual era casi religioso: de la oscuridad a la luz, del exilio a la redención.
Dicen que no hay mal que dure cien años. El olvido de Masada duró diecinueve siglos, pero su resurrección como mito fue fulminante. Tras la independencia de Israel en 1948, el Estado convirtió Masada en ceremonia oficial. Los nuevos soldados del cuerpo blindado subían la montaña de noche, recibían un arma en una mano y una Biblia en la otra, y al salir el sol gritaban al desierto: '¡Masada no caerá de nuevo!' Cada soldado sentía que estaba donde los últimos defensores habían estado, que el fusil en sus manos era la respuesta al silencio que encontraron los romanos. Durante décadas, fue uno de los rituales más poderosos de la cultura militar israelí.
Las grietas aparecieron lentamente y luego de golpe. En 1966, Trude Weiss-Rosmarin publicó un ensayo demoledor: '¿Masada o Yavne?' Su argumento era simple. Los rabinos de Yavne, que eligieron el estudio y la supervivencia, aseguraron la continuidad del pueblo judío durante dos milenios. Los sicarios de Masada, que eligieron la muerte, no aseguraron nada excepto su propia extinción. ¿Qué modelo debería seguir un Estado moderno? La guerra del Líbano de 1982 profundizó las dudas. La primera Intifada en 1987 las agravó. Para los años noventa, el ejército había trasladado silenciosamente sus ceremonias principales fuera de Masada. Sin anuncio oficial. Como si la institución se avergonzara de una tradición que ya no podía abrazar del todo.
En 1995 llegó Nachman Ben-Yehuda con su libro El mito de Masada, documentando con precisión implacable cómo el relato había sido construido deliberadamente por poetas, educadores, militares y políticos con fines ideológicos. Los sicarios eran terroristas que masacraron a setecientos judíos inocentes en Ein Gedi. El suicidio colectivo violaba la ley judía. Josefo no era de fiar. Yadin, el famoso arqueólogo, había moldeado los hallazgos para que encajaran con la historia nacional. Nació el concepto del 'complejo de Masada': la mentalidad de todo o nada que convertía cada conflicto en una última batalla y hacía imposible la paz.
Hoy Masada existe en capas de significado que habrían sido incomprensibles para Lamdan o Gutman. La UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2001 con un lenguaje cuidadosamente neutral. Unas setecientas cincuenta mil personas suben cada año — algunas por el Sendero de la Serpiente al amanecer, la mayoría en el teleférico instalado en 1971. Los grupos escolares israelíes siguen visitándola, pero sus profesores cuentan una historia más compleja. Adolescentes judíos estadounidenses celebran su Bar Mitzvá en la sinagoga antigua. Y en algún lugar del Museo de Israel, detrás de un cristal, once fragmentos de cerámica con nombres inscritos esperan en silencio — como han esperado durante dos mil años — a que alguien decida qué significan.
