La noche del 13 de junio de 1886 — un domingo tibio y nublado — el rey Luis II de Baviera invitó a su médico, el doctor Bernhard von Gudden, a caminar junto al lago Starnberg después de cenar. Luis llevaba apenas un día como prisionero en el castillo de Berg. El día anterior, el gobierno bávaro lo había destituido del trono, declarándolo loco.
Gudden era a la vez su médico y su carcelero: un psiquiatra que había diagnosticado al rey sin siquiera examinarlo, basándose solo en testimonios de sirvientes y ministros. Salieron a las seis y media de la tarde. A las ocho debían volver. No volvieron nunca.
Un grupo de búsqueda los encontró a las once y media de esa noche. Los dos cuerpos flotaban en aguas poco profundas, cerca de la orilla. Luis estaba boca abajo en agua que apenas llegaba a la cintura. Gudden flotaba cerca, con arañazos en la cara y un ojo morado. El abrigo y la chaqueta de Luis aparecieron en la orilla. Su reloj de bolsillo se había detenido a las 6:54. El de Gudden, a las 8:00. La autopsia oficial dictaminó muerte por ahogamiento. Pero había un detalle inquietante: no se encontró agua en los pulmones del rey.
La versión del gobierno fue rápida y conveniente: el rey loco había intentado escapar nadando y el doctor trató de detenerlo. Los dos murieron en el forcejeo. Caso cerrado. Pero nada cuadraba. Luis era un nadador fuerte, y el agua donde encontraron los cuerpos tenía poco más de un metro de profundidad. Un hombre sano no se ahoga en agua que le llega a la cintura, a menos que esté inconsciente, drogado o alguien lo mantenga bajo el agua.
Con los años, las teorías se multiplicaron. La más persistente dice que Luis fue asesinado por orden del gobierno bávaro o de la administración prusiana de Bismarck, que temía que el rey pidiera ayuda al emperador de Austria para recuperar su trono. Según esta versión, había tiradores esperando en la orilla que dispararon cuando Luis entró al agua, y Gudden fue eliminado como testigo incómodo.
Un pescador llamado Jakob Lidl declaró después que esa noche lo esperaba con un bote en la otra orilla del lago para ayudarlo a huir a Austria, y que escuchó disparos. Su testimonio fue silenciado. Otras teorías hablan de un paro cardíaco — la autopsia reveló un corazón agrandado — o de veneno en la cena que lo dejó inconsciente en el agua.
Dicen que no hay secreto que dure cien años, pero este ya lleva más de ciento cuarenta y sigue intacto. La familia real bávara, los Wittelsbach, jamás ha permitido acceso completo a los archivos sobre la muerte de Luis. Los informes de la autopsia fueron sellados. Los testigos clave nunca declararon en público. Lo que queda es una imagen: un rey destronado flotando boca abajo en un metro de agua, su reloj marcando las 6:54 para siempre, su castillo en la montaña vacío, su trono sin dueño. El misterio sigue siendo tan profundo como el lago.
