Mark Twain llegó al Ganges en barco en 1896 y escribió que Varanasi era «más antigua que la historia, más antigua que la tradición, más antigua incluso que la leyenda, y parece el doble de vieja que todas ellas juntas». Lo que vio llevaba miles de años ahí: escalinatas de piedra bajando al río, templos sobre cada azotea, hogueras funerarias que no se apagan desde hace siglos. Muchas ciudades presumen de ser las más antiguas del mundo. Varanasi no presume. Simplemente nunca dejó de existir.
Los arqueólogos excavaron donde dos ríos se encuentran y hallaron cerámica de alrededor de 1800 a. C. Debajo de esa capa: nada. Encima: capa tras capa tras capa, cada época de la historia india apilada como un calendario hecho de tierra y piedra. Sin huecos. Sin abandonos. Sin silencios. El Rigveda, uno de los textos sagrados más antiguos del mundo, llama a este lugar Kashi: «la Ciudad de la Luz». Mientras otras ciudades antiguas fueron abandonadas y redescubiertas siglos después, Kashi nunca dejó de brillar.
Hacia el 528 a. C., Buda caminó hasta Sarnath, a las afueras de Varanasi, para dar su primer sermón. No eligió el lugar al azar: Varanasi ya era la capital intelectual del mundo conocido. Frente a cinco seguidores que lo habían dado por perdido, expuso las ideas que transformarían medio continente: el Camino Medio, las Cuatro Nobles Verdades, el fin del sufrimiento. Cuando nació el budismo, la ciudad que lo vio nacer ya tenía mil años.
Los conquistadores vinieron una y otra vez. En 1194, ejércitos invasores destruyeron casi mil templos. En 1669, el emperador mogol Aurangzeb derribó el templo de Shiva más sagrado de India y levantó una mezquita sobre sus cimientos. Le cambió el nombre a la ciudad. Nadie usó el nombre nuevo. En 1780, una reina guerrera llamada Ahilyabai Holkar construyó un templo nuevo justo al lado. Un rey sij cubrió su cúpula de oro. Dicen que no hay mal que dure cien años. Varanasi lleva tres mil demostrando que no hay luz que se pueda apagar.
Lo que hace a Varanasi verdaderamente distinta es una idea. Las escrituras hindúes dicen que la ciudad descansa sobre el tridente de Shiva, suspendida entre el cielo y la tierra. Cuando el universo sea destruido al final de los tiempos, Shiva la levantará por encima del diluvio. Lo sagrado es el suelo, no los edificios. Por eso puedes arrasar cada templo y Varanasi sigue siendo Varanasi. Los hindúes creen que quien muere dentro de sus límites escapa para siempre del ciclo de reencarnaciones. Puedes destruir la casa de Dios. No puedes destruir el suelo donde se levanta.
Pero Varanasi no es un museo. Camina por sus callejones —tan estrechos que apenas caben dos personas— y compartirás el paso con vacas, motos, procesiones funerarias y niños camino al colegio, todo a la vez. Esta es la ciudad que le dio al mundo a Kabir, el poeta rebelde cuyos versos todavía citan hindúes, musulmanes y sijs por igual. Aquí Bismillah Khan tocó música junto al Ganges cada amanecer durante setenta años y se negó a irse, diciendo que jamás podría abandonar su río ni a su dios.
Cada noche en Dashashwamedh Ghat, los sacerdotes hacen girar enormes lámparas de bronce en la oscuridad mientras miles observan desde las escalinatas y desde botes sobre el agua negra. Cada mañana, antes de que el sol asome por la otra orilla, los bañistas bajan al río en la penumbra gris. Y la ciudad hace lo que ha hecho cada día durante tres mil años: gira su rostro hacia el agua, reza, quema a sus muertos y sigue viviendo.
