Hay una ciudad en la India que, según los hindúes, sobrevivirá al universo. Las escrituras antiguas lo dicen claro: cuando el cosmos termine —las estrellas apagadas, los océanos evaporados—, el dios Shiva levantará Varanasi en su tridente y la sostendrá sobre el diluvio. Todo desaparecerá. Todo. Menos esta ciudad, flotando en el arma de un dios, esperando a que la creación empiece de nuevo. No nació con el universo. No morirá con él. Es el único lugar que simplemente es, siempre.
La historia cuenta que Shiva y su esposa Parvati —la pareja más poderosa del hinduismo— buscaron por todo el cosmos un lugar donde vivir. El cielo les pareció demasiado fácil. El inframundo, demasiado oscuro. Cada ciudad tenía algún defecto. Hasta que llegaron a un punto del Ganges donde el río gira hacia el norte, como queriendo volver al cielo. Shiva dijo: «Este lugar me es tan querido como mi propio corazón». Lo llamó «el nunca abandonado» y juró no irse jamás. Ni siquiera al final de los tiempos.
Pero lo más increíble de esta historia no es la llegada de Shiva. Es la vez que no pudo volver a entrar. En algún momento, Varanasi cayó en decadencia y Shiva se marchó, asqueado. Mientras tanto, un rey humano llamado Divodasa tomó el poder y gobernó tan bien que el paraíso prácticamente se mudó a la tierra. Sin enfermedades, sin crimen, sin hambre. Su pueblo era tan feliz que dejó de rezar. ¿Para qué? Lo tenían todo. Los dioses, de golpe, se quedaron sin trabajo. Un mortal los había hecho irrelevantes.
Shiva quería su ciudad de vuelta. Así que envió a los demás dioses a buscar algún fallo en el reino de Divodasa. El dios del sol llegó en doce formas, no encontró nada malo y se quedó a vivir. Ganesha —el dios con cabeza de elefante— apareció en cincuenta y seis disfraces de espía, se plantó en cada cruce y cada puerta, no encontró nada que reportar y también se quedó. La diosa de la riqueza no encontró pobreza. La del conocimiento encontró la cultura ya perfecta. Cada espía que Shiva envió se enamoró de la ciudad.
Al final fue Vishnu —el dios de la preservación y quizá la mente más aguda de la mitología hindú— quien se presentó en persona. No buscó defectos. Fue directo a la verdad de fondo. Le dijo a Divodasa: por muy perfecto que sea tu reino, tu gente sigue envejeciendo, sufriendo, muriendo y volviendo a nacer. Un reino perfecto te da todo menos lo único que importa de verdad: liberarse del ciclo de muerte y renacimiento. Eso solo lo podía ofrecer Shiva. Divodasa, lo bastante sabio para entenderlo, renunció a su trono.
Shiva volvió a casa. Y la ciudad era más rica que antes: estaba llena de templos que los espías divinos habían construido mientras fracasaban en su misión. En las escalinatas del río llamadas Dashashwamedh Ghat, Brahma —el dios creador— celebró el regreso de Shiva. Los sacerdotes siguen haciendo una ceremonia de fuego en ese mismo lugar cada atardecer. Y en el centro de todo se alza el Kashi Vishwanath —el templo del «Señor del Universo»— donde Shiva se reveló como una columna infinita de luz.
Ese templo ha sido derribado y reconstruido varias veces. La más brutal fue en 1669, cuando el emperador mogol Aurangzeb —que dominaba casi toda la India— lo demolió y levantó una mezquita sobre las ruinas. La pared original tallada aún se puede ver dentro de la mezquita. Pero el templo volvió. Dicen que a la tercera va la vencida, pero Varanasi lleva siglos demostrando lo contrario: la puedes derribar, pero no conseguirás que se quede en el suelo.
