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Fantasmas y Maldiciones·2/3·3
Photograph of Valley of the Kings

The place

Valley of the Kings

La maldición de Tutankamón

La tumba que mató a quienes la abrieron

Discovery period (1922-1929)Valley of the Kings

En noviembre de 1922, el arqueólogo británico Howard Carter logró lo que nadie había conseguido en tres mil años: encontrar la tumba de un faraón con todo su tesoro dentro. Tutankamón, un rey egipcio muerto a los diecinueve años, llevaba sellado en el Valle de los Reyes, cerca de Luxor, desde hacía más de tres milenios. La máscara de oro, los sarcófagos encajados uno dentro de otro, miles de objetos brillando bajo la luz de las lámparas… El mundo nunca había visto nada igual. Pero en cuestión de meses, el mayor hallazgo de la arqueología empezó a cobrar vidas.

Lord Carnarvon, el aristócrata inglés que había financiado la búsqueda de Carter durante años, estuvo presente cuando se abrió la tumba. Cinco meses después, estaba muerto. Un mosquito le picó en El Cairo; se cortó la picadura al afeitarse, se infectó, y el 5 de abril de 1923 la infección lo mató. En el momento exacto de su muerte, según testigos, todas las luces de El Cairo se apagaron de golpe — un apagón en toda la ciudad que nadie supo explicar. En su finca de Inglaterra, su perra Susie aulló una sola vez y cayó muerta.

La prensa enloqueció. Arthur Conan Doyle — el creador de Sherlock Holmes y firme creyente en lo sobrenatural — declaró públicamente que Carnarvon había sido víctima de una maldición antigua. Los periódicos inventaron una advertencia supuestamente tallada sobre la entrada de la tumba: «La muerte vendrá con alas veloces para quien perturbe el descanso del Rey». Esa inscripción jamás existió. Pero la historia era demasiado perfecta, y nadie iba a dejar que la realidad la estropeara.

Y entonces empezaron a morir más. George Jay Gould, un millonario estadounidense que visitó la tumba, murió de neumonía a los pocos meses. El príncipe Ali Fahmy, un acaudalado egipcio presente en la apertura, fue abatido por su esposa en el hotel Savoy de Londres. El radiólogo que examinó la momia murió de un mal inexplicable. Para 1929, once personas vinculadas al descubrimiento habían muerto antes de tiempo. No hubo dos sin tres… ni tres sin once. Y los periódicos llevaban la cuenta con un entusiasmo macabro.

Pero hay un dato que debería haber acabado con la historia de un plumazo: Howard Carter — el hombre que abrió la tumba, tocó cada objeto y pasó diez años catalogando su contenido — vivió diecisiete años más. Murió en 1939, a los sesenta y cuatro, de causas naturales. Si el espíritu de Tutankamón quería vengarse de quienes perturbaron su descanso, se saltó al principal responsable. Si la maldición era real, tenía una puntería pésima.

La ciencia ha ofrecido respuestas más terrenales. Investigadores encontraron moho peligroso en tumbas egipcias selladas — del tipo que puede provocar infecciones mortales en alguien con la salud debilitada, que era exactamente el caso de Carnarvon. Y las famosas «muertes de la maldición» no resisten un análisis serio. Muchas personas vinculadas al descubrimiento vivieron vidas largas y saludables. Solo que nunca salieron en los periódicos, porque «Hombre visita tumba antigua y no le pasa nada» no vende ni una portada.

Y sin embargo, la maldición de Tutankamón se niega a morir — no porque alguien crea de verdad en faraones vengativos, sino porque la historia toca algo que todos llevamos dentro. Tres mil años de silencio, rotos en una tarde. Y en el fondo, casi todos sentimos que ese silencio debería haberse respetado. Quizá la verdadera maldición nunca fue sobrenatural. Quizá es solo la advertencia más antigua del mundo: hay cosas que se enterraron por algo.

Moraleja de la historia

Los muertos merecen su descanso, y quienes lo perturban — ya sea por ira ancestral o por su propia culpa — siempre terminan pagando un precio.

Personajes

H
Howard Carter
L
Lord Carnarvon
T
Tutankamón
S
Sir Arthur Conan Doyle

Fuente

Carter, Howard. The Tomb of Tutankhamen (1923-1933); Tyldesley, Joyce. Tutankhamen’s Curse (2012)