Alejandro Magno había conquistado todo lo que existía entre Grecia y la India antes de cumplir los treinta y tres. Ni una sola derrota en batalla. Ni una. En la primavera del 323 a. C., marchaba de vuelta a Babilonia —la ciudad que hoy es un campo de ruinas al sur de Bagdad— cuando un grupo de sacerdotes caldeos salió a cortarle el paso: no entres por el oeste. Se avecina el desastre. Alejandro intentó rodear la ciudad, pero los pantanos bloquearon a su ejército. Así que entró por la puerta occidental de todas formas. Le quedaban once días de vida.
No venía a descansar. Babilonia era su nueva capital, y ya estaba planeando la siguiente conquista: una invasión masiva de Arabia, con ochocientos barcos en construcción en el puerto. Recibía embajadores del norte de África, de Italia, hasta de España. Había levantado el imperio más grande de la historia y no pensaba parar. Entonces, el 29 de mayo, fue a una fiesta en casa de su amigo Medio de Larisa. Bebió sin medida. A la mañana siguiente, tenía fiebre.
Los registros de la corte parecen un parte médico. Días uno y dos: todavía trabajaba, dando órdenes para la flota. Día tres: se bañó e hizo ofrendas, pero la fiebre no cedía. Día cuatro: no podía sostenerse en pie; lo llevaban en camilla. Día cinco: lo trasladaron cerca del río con la esperanza de que el aire fresco lo aliviara. Día seis: la fiebre se disparó. Apenas conseguía hablar. Día siete: sus oficiales entraron y los reconoció, pero no logró articular palabra. Solo sus ojos, pasando de un rostro a otro.
Al octavo día, sus soldados forzaron la entrada. Corrían rumores de que ya estaba muerto y los generales lo ocultaban. Eran los hombres que habían cargado a su lado por Persia, Egipto, Afganistán y la India. Formaron una fila y fueron pasando junto a su cama, uno por uno. Alejandro no podía hablar. No podía moverse. Pero cada vez que un soldado pasaba, levantaba la cabeza y lo miraba. Era lo único que le quedaba. El mayor conquistador de la historia se despidió de su ejército solo con los ojos.
Murió el 10 u 11 de junio del 323 a. C., con treinta y dos años. Nadie sabe qué lo mató — el debate lleva dos milenios abierto. Las fuentes antiguas hablan de veneno. Los médicos modernos sugieren tifus, malaria o el exceso de alcohol. La teoría más audaz llegó en 2018: una investigadora propuso que una enfermedad autoinmune lo dejó paralizado pero consciente. Su cuerpo no se descompuso en seis días. Los antiguos lo tomaron como prueba de que era un dios. La investigadora lo vio de otro modo: no se descomponía porque todavía no estaba muerto.
Sus últimas palabras son quizá la frase más cara de la historia. Le preguntaron quién heredaba el imperio. Respondió algo que en griego suena casi igual: «al más fuerte» o «a Crátero», uno de sus generales. Nadie supo distinguirlo en la voz de un hombre que apenas susurraba. Dicen que el hombre propone y Dios dispone — pero Alejandro ni siquiera pudo proponer con claridad. Lo que siguió fueron cuarenta años de guerra. Su madre, su esposa y su hijo fueron asesinados. El imperio que tardó trece años en levantar se deshizo en una generación.
Uno de sus generales robó el cadáver y se lo llevó a Egipto, donde permaneció en un ataúd de oro en Alejandría durante siglos. Julio César visitó la tumba. Augusto le rompió la nariz a la momia por accidente. Hacia el siglo IV, la tumba desapareció. Nadie la ha encontrado desde entonces. El palacio donde Alejandro exhaló su último aliento es hoy un descampado de adobe al sur de Bagdad. El hombre más grande del mundo antiguo murió en la ciudad más grande del mundo antiguo. Hoy, los dos son ruinas.
