Nabucodonosor II no se conformó con gobernar Babilonia: la reconstruyó de cero. Murallas dobles tan anchas que cabían carros de guerra. La mítica Puerta de Ishtar. Templos, palacios, canales, un puente de piedra sobre el Éufrates. Y en cada ladrillo —cada uno— grabó su nombre. Los arqueólogos han encontrado cientos de miles. En el Museo Británico puedes tomar uno en la mano y leer la inscripción: «Nabucodonosor, rey de Babilonia». No estaba construyendo una ciudad. Estaba intentando hacerse eterno.
Entonces llegó el sueño. Un árbol tan alto que rozaba el cielo, visible desde cualquier rincón del mundo, que daba refugio a todas las aves y bestias. Hasta que una voz cayó del cielo: córtalo. Dejad solo el tronco, atado con hierro y bronce. Que su mente se vuelva la de un animal. Daniel —un profeta judío exiliado en la corte babilónica— fue llamado a interpretar. Hubiera preferido que el sueño fuera sobre otro. Pero no: el árbol era Nabucodonosor. Y la sentencia ya estaba dictada.
Daniel le suplicó: cambia, muestra piedad, quizá Dios te perdone. Pasaron doce meses. Nada. Entonces el rey subió una noche a la azotea de su palacio —cuyas ruinas aún se alzan— y contempló la ciudad que había levantado. «¿No es esta la gran Babilonia», dijo, «que yo edifiqué con mi poder y para gloria de mi majestad?» Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe: las palabras no habían terminado de salir de su boca cuando una voz cayó del cielo. El reino te ha sido quitado.
Lo que vino después parece imposible, pero psiquiatras modernos lo han documentado en pacientes reales. El rey cayó a cuatro patas. Comió hierba como el ganado. Su pelo creció salvaje y enmarañado. Sus uñas se curvaron como garras. Durante siete años, el hombre más poderoso del mundo vivió como un animal al raso. La Biblia jamás explica quién gobernó el imperio mientras tanto. Ese silencio lo dice todo: siete años de vacío, como si alguien hubiera borrado al rey de su propio reino.
Aquí la historia da un giro inesperado. En 1952, un fragmento de pergamino apareció en una cueva junto al Mar Muerto. Contaba casi la misma historia —un rey babilónico enloquecido siete años, sanado por un hombre santo judío— pero nombraba a otro rey: Nabónido, que reinó décadas después de Nabucodonosor. Y Nabónido sí abandonó Babilonia y desapareció en el desierto de Arabia durante diez años. Nadie sabe por qué. Muchos expertos creen hoy que la locura fue suya, atribuida después al rey más famoso.
Según Daniel, al cabo de siete años el rey alzó la vista al cielo y su cordura regresó. Alabó al Dios del cielo, sus consejeros lo restauraron en el trono y su poder creció aún más. Parece un final feliz. No lo fue. Murió en el 562 a.C. Su hijo no duró ni dos años antes de ser asesinado en un golpe palaciego. En apenas veintitrés años tras la muerte del gran rey, la propia Babilonia cayó ante Ciro de Persia. El hombre que grabó su nombre en cada ladrillo no pudo grabarlo en el tiempo.
Pero ahí viene el giro final. El imperio se desmoronó. La dinastía se esfumó. La ciudad se convirtió en polvo. Pero los ladrillos —cientos de miles— siguen aquí. Puedes entrar al Museo Británico o al Museo de Pérgamo en Berlín, sostener uno y leer el nombre que Nabucodonosor presionó en arcilla húmeda hace veintiséis siglos. Quiso ser dueño de todo. Al final dejó lo que nadie esperaba: ni un reino, ni una dinastía. Solo un ladrillo. Y de algún modo, con eso bastó.
