En el año 32 de nuestra era — la misma década en que crucificaron a Jesús a las puertas de Jerusalén — un grupo de sacerdotes terminó de levantar en el desierto sirio el templo más ambicioso que su mundo había conocido. Lo dedicaron a Bel, el Señor del Universo, un dios supremo que tomaba algo del babilónico Marduk y algo del griego Zeus pero que era otra cosa. No reinaba solo. A su derecha, el dios del sol. A su izquierda, el de la luna. Tres dioses, un solo cielo.
Desde fuera parecía un templo griego de manual: columnas doradas, todo muy canónico. Pero bastaba cruzar la puerta para que las reglas saltaran por los aires. La entrada estaba en el lado contrario. El techo era plano. Ventanales enormes inundaban el interior de luz, algo que casi ningún templo antiguo permitía. Y sobre el santuario principal, una losa de piedra guardaba uno de los primeros zodíacos tallados en un techo de la historia. El edificio entero era Palmira hecha piedra: una ciudad entre Oriente y Occidente que se negó a elegir bando.
Aquí no se venía solo a rezar — se venía a comer. El patio del templo estaba rodeado de comedores donde cientos de personas se sentaban a banquetes sagrados. Cordero, cabra, hasta camello. El vino pasaba de mano en mano mientras los sacerdotes quemaban incienso. Los ricos pagaban las fiestas y grababan sus nombres en las paredes para que nadie los olvidara. Miles de pequeñas fichas de barro — básicamente entradas — han aparecido entre las ruinas. Cada una estuvo en la mano de alguien que caminaba hacia el olor de carne asada, a punto de sentarse a la mesa con sus dioses.
Dicen que a la tercera va la vencida. El templo tuvo tres vidas y las sobrevivió todas. Cuando Roma se hizo cristiana, lo convirtieron en iglesia — y eso lo salvó. Cuando los árabes conquistaron Siria, la iglesia pasó a ser mezquita — y eso lo salvó de nuevo. Un pueblo entero creció dentro de sus muros antiguos. A principios del siglo XXI era uno de los templos mejor conservados del planeta. La UNESCO lo declaró el monumento más importante de Palmira. Había enterrado al Imperio Romano, a las Cruzadas, a los mongoles y a dos guerras mundiales. La tercera no fue la vencida.
El 30 de agosto de 2015 — doce días después de que el ISIS decapitara a Khaled al-Asaad, el arqueólogo de 83 años que llevaba medio siglo como guardián del templo — varios hombres llenaron el edificio de explosivos y apretaron el botón. Las imágenes por satélite confirmaron lo peor: el santuario interior ya no existía. El zodíaco tallado cuando el emperador Tiberio aún vivía era polvo. Las columnas, los relieves, los dioses de piedra — todo, borrado. Solo quedó en pie el pórtico de entrada, solo en medio de los escombros, enmarcando cielo vacío.
Ese pórtico se convirtió en una de las imágenes de nuestro siglo: una puerta con nada detrás. Un umbral entre el mundo que tuvo el Templo de Bel y el que ya no lo tiene. Las fichas de barro están en museos. Los retratos de los muertos miran desde vitrinas en París y Londres. Pero el lugar donde todo ocurría — donde los sacerdotes quemaban incienso, los mercaderes cenaban con sus dioses y Oriente se encontraba con Occidente en cada columna — es un campo de escombros en el desierto sirio. Sobrevivió dos mil años de historia. No pudo sobrevivir una tarde de hombres con miedo.
